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Un viejo que leía novelas de amor – Luis Sepúlveda

Tendría yo unos veinte años cuando escuché por vez primera el nombre de Luis Sepúlveda. Fue en el programa de radio Levando Anclas, del periodista Roge Blasco en Radio Euskadi. Es un magnífico programa que habla de viajes repletos de aventuras verídicas, alternativos, fuera de los grandes resorts, ajeno a los grandes mayoristas y con un ingrediente en común, y es que están llenos de idealismo. Me considero un fan incondicional de este programa de radio basado en entrevistas de arriesgados viajeros. Se emite los domingos y festivos de 22:00 a 00:00 horas, pero gracias a las nuevas tecnologías os podéis descargar los programas íntegros desde la propia página de la emisora (por aquello de empezar el lunes descansado) pinchando aquí. Seguro que os sorprenderá. Es un programa que se nota que está hecho con mimo e ilusión. Por cierto, lleva más de veinte años en antena. Ahí es nada. Si aceptáis un consejo, seguid a Roge Blasco y su programa que os va a sorprender seguro.

Pues decía que por aquel entonces estaba yo con la oreja pegada al transistor, acostado, soñando en la oscuridad de mi habitación con las descripciones sobre la selva amazónica de un tipo desconocido para mí llamado Luis Sepúlveda, que a la postre, resultó que se dedicaba a escribir. Al día siguiente me hice con un ejemplar de Un viejo que leía novelas de amor, y no me arrepentí. Lo he disfrutado en varias ocasiones.

Se trata de un libro con pocas páginas, pues no llega a las ciento cincuenta, dependiendo de la edición (dicen que lo bueno si breve, dos veces mejor), y habla de un tal Antonio José Bolívar Proaño, un viejo que vive en un pequeño pueblo olvidado de la Amazonía, El Idilio, que sirve como base para las explotaciones de colonos y buscadores de oro. Hay un mensaje intrínseco de ecologismo y de respeto a la naturaleza, pues el protagonista convive siguiendo la doctrina de los indígenas Shuar (los jíbaros), tomando de la selva tan sólo lo que va a necesitar para sobrevivir ese día. Mientras tanto, se entretiene leyendo historias de amor que se las hace llegar el dentista del pueblo, Rubicundo Loachamín (pedazo nombre). Dos novelas de amor cada seis meses.

Esta rutina se ve interrumpida cuando unos indígenas traen el cadáver de un cazador furtivo. El alcalde del pueblo en un principio sospecha de los propios indios, hasta que nuestro protagonista le convence de que ha sido una tigrilla, que tras la muerte de sus cuatro cachorrillos por el furtivo, vaga por la selva con sed de venganza. Sólo queda dar caza al animal antes de que haya más víctimas, y al viejo, obligado por las circunstancias, no le queda más remedio que participar en dicha caza.

Luis Sepúlveda
Fuente: Tusquets

La novela es de fácil lectura, con historias inverosímiles que uno se imagina que sólo pueden ocurrir en la Amazonía, dejándote la impresión de que en aquel lugar cada día es una nueva aventura (misma sensación me dejan las novelas de Alberto Vázquez-Figueroa, muchas de ellas desarrolladas en idénticos parajes).

Ecologismo, posicionamiento político, la dureza de la selva, la falsedad de los gobernantes, el aislamiento indígena, anécdotas amazónicas y como telón de fondo el particular duelo entre el viejo y el felino, repleto de suspense, el cazador que a su vez puede ser cazado, con el peligro latente en cada página.

En el libro está impreso el pensamiento político que ha marcado la vida de Luis Sepúlveda, como ejemplo, este extracto:

El doctor Loachamín odiaba al Gobierno. A todos y a cualquier Gobierno.  (…)

Vociferaba contra los Gobiernos de turno de la misma manera como lo hacía contra los gringos llegados a veces desde las instalaciones petroleras del Coca, impúdicos extraños que fotografiaban sin permiso las bocas abiertas de sus pacientes.”

Diálogos rápidos y descripciones eficientes marcan la lectura de la novela, recreándose en las situaciones justo lo necesario para continuar con la historia, pues tiene mucho que contar y poco papel. Párrafos sin demasiada adjetivación ni sobrecargados en exceso, pues es más importante el mensaje que la forma, pero de perfecto equilibrio.

Un buen libro que a los urbanitas nos traslada a la naturaleza, a plena selva amazónica cuya sola mención, entraña de por sí suficientes connotaciones de riesgo, haciéndonos ver que nuestro sistema económico no es el único en el mundo y nos invita a reflexionar sobre las nefastas consecuencias de nuestro ritmo de vida (y es que no acabamos de aprender).

Soy de costumbres fijas, y cuando descubro un escritor que me gusta, me preocupo de seguirle y de leer parte de su obra. Me gustó tanto Un viejo que leía novelas de amor, que de seguido vinieron Patagonia Express (autobiografía de Luis Sepúlveda con sus crónicas de viaje por Latinoamérica, otro ejemplo más de que la vida de un escritor puede ser una aventura en sí misma), Nombre de Torero (novela negra) y Mundo del fin del mundo (sobre la caza de ballenas). Todos recomendables.

Luis Sepúlveda fue hecho prisionero durante la dictadura de Pinochet, compromiso político y social que mantiene en sus escritos, lo que le llevó al exilio y a comenzar su vida viajera. Además de escritor, ha compaginado su vida profesional con el cine, como guionista y director.

Merienda para la lectura: una refrescante pieza de fruta, una manzana por ejemplo, pero de las ecológicas, nada de transgénicos, por continuar con la filosofía de vida de Antonio José Bolívar Proaño.

¿Todavía no conoces la escritura de Luis Sepúlveda? Cuéntame tus impresiones sobre este fantástico escritor, lleno de vitalidad e idealismo.

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El camino más corto – Manu Leguineche

Manu Leguineche aprovecha una cita del Conde de Keyserling, El camino más corto para encontrarse uno a sí mismo da la vuelta al mundo, como inspiración para el título de su libro El camino más corto, resumiendo con cuatro palabras lo que supuso para él su vuelta al mundo en jeep allá por el año 1.965, junto con tres norteamericanos y un suizo.

Lo que comienza como una huida de la claustrofobia de la dictadura, acaba convirtiéndose en un viaje que le marcará para siempre, ayudándole a centrar su juventud y orientando su madurez, en definitiva, su aventurera vida.

Reputado e incluso idolatrado reportero y periodista, fundador de las agencias de noticias Colpisa y Fax Press, escribió crónicas desde Argelia, India, Pakistán, Guinea Ecuatorial (su libro La Tribu sobre la caída del dictador Francisco Macías marcó a futuros periodistas, auténtica radiografía de lo que era el periodismo en aquellos tiempos), nos relató de primera mano la guerra de Vietnam, Nicaragua… un sinfín de destinos periodísticos en donde aunaba su pasión por los viajes con la necesidad de transmitir la realidad  del momento.

Y todo se origina desde una vuelta al mundo en jeep, que queda reflejada en este libro de viajes llamado El camino más corto, donde nos indica que en su caso, la forma más rápida para conocerse a sí mismo fue dar la vuelta al mundo, necesitando 60.000 kilómetros para conseguir su objetivo.

Por lo que he podido investigar, El camino más corto está descatalogado (si yo fuese el editor me tomaría inmediatamente una pastilla de sentido común y le pondría remedio, pues estoy seguro que si se reedita, vende), por lo que os dejo una imagen de todocoleccion donde particulares venden dicho libro.

El camino mas corto

Otra opción igual de buena y un tanto más barata, es recurrir a la biblioteca municipal, con un poco de suerte tendrás algún ejemplar. En concreto, en la Biblioteca Municipal de Bilbao tienen 2 tomos esperando que los leas.

Y por supuesto, siempre podemos recurrir a nuestro amigo librero, ese buen profesional que tampoco entiende cómo es posible que los libros buenos caigan en el olvido.

El libro es una joya de la literatura de viajes, por no hablar de la crónica socio-política-económica-militar mundial de finales de los años 60 y principios de los 70, que nos describe con detalle y de forma amena, desde su propia experiencia, in situ, en países de difícil acceso para los extranjeros y no exento de cierto peligro, los entresijos que movían el devenir del planeta en ese caos formado por religiones, intereses económicos y luchas de poder. Eran años en los que todavía existía el Telón de Acero, la Guerra Fría estaba en boca de todos y el muro de Berlín se erigía imponente separando las libertades. Decisiones políticas que afectaban al mundo entero. Y él estuvo allí y nos lo cuenta en El camino más corto mezclando con soltura la crónica periodística con la novela y la literatura de viajes, haciendo que su lectura sea ágil e interesante.

30 países, 5 continentes, dificultades mecánicas y aduaneras, ladrones, disentería, hambre, deshidratación o fiebres, con horas de euforia y de desánimo, por no hablar de todos los datos de biografías y aventuras que van jalonando el libro, hasta el punto que es imposible retener y acordarte de todo. Consigue lo que muchos libros intentan y no todos tienen éxito: que el lector se involucre en la historia dando rienda suelta a la imaginación, siendo partícipe de las propias vivencias del autor, creyéndose todo un reportero de guerra con esa especie de aura llena idealismo.

Recomendable para que los adolescentes actuales comprendan la historia mundial de los años 60 y 70, desde una visión autobiográfica, viajera, plagada de aventuras y distendida, para que les vayan sonando los nombres de antiguos líderes que dominaron la política mundial y entiendan las consecuencias de conflictos bélicos ya olvidados.

El camino más corto no te defraudará porque está bien escrito, repleto de historias, aventuras y biografías. ¿Acaso se puede pedir más? Lo mejor: que como dicen por ahí la realidad supera a la ficción, y lo que nos cuenta Manu Leguineche con su ingeniosa prosa, por muy inverosímil que nos parezca, fue realidad.

Varios premios periodísticos y literarios avalan la lectura de cualquiera de sus libros. No me cabe ninguna duda de que si te animas a leer El camino más corto, será el primero de los muchos libros de Manu Leguineche que acabarás leyendo. Lectura rápida, fácil y de la buena.

Merienda para la lectura: bocadillo de chorizo de Pamplona, de los de toda la vida.

Si has leído ya El camino más corto, ¿no te ha pedido el cuerpo hacerte con un 4×4 para lanzarte a recorrer desiertos, selvas y estepas para descubrir ciudades, países, gentes y culturas inimaginables?