Archivos Mensuales: octubre 2013

Rescaten el Titanic – Clive Cussler

De vez en cuando también escribo sobre lo que no me ha gustado, por avisar al resto de lectores que puede que se fíen de mi criterio. Y hoy toca hacer reseña de lo que no deja de ser un bodrio.

Es más, en mi opinión llega al fraude. Si en vez de titularlo como Rescaten el Titanic, lo hubiesen llamado Rescaten el barco Tacatún, pues uno haría un esfuerzo sublime y se creería la historia, evaluando únicamente su estilo de escritura. Pero no, le han llamado Titanic, lo que conlleva una cierta leyenda, el hundimiento por antonomasia. Sobre el Titanic se han escrito miles de páginas ensalzando la supuesta valentía del pasaje, con el mito de la orquesta que viéndose perdidos continuaron tocando sus instrumentos ofreciendo un ápice de sosiego a quienes todavía no habían perdido la esperanza por sobrevivir, las avariciosas decisiones de los armadores al no equipar el buque con botes salvavidas suficientes, la inútil llamada de socorro, los náufragos que perecieron por hipotermia…  Además en la portada nos muestran la fotografía de lo que todos intuimos que era el Titanic. Así que uno se deja engañar y espera que el barco sea el protagonista de la novela. Por no hablar del sinfín de posibilidades para la ficción en torno al navío de vapor, una inmejorable fuente de potenciales ideas para la imaginación del escritor, como si fuese un caldo de cultivo que tan solo hay que mimar para obtener cuatrocientas páginas llenas de entrenamiento.

Rescaten al Titanic

Lo malo es que Rescaten el Titanic apenas transcurre en el Titanic. La historia gira en torno al naufragio sin ahondar en el suceso mismo, sin aportar datos de enjundia sobre su hundimiento, ni sobre su historia, ni sus pasajeros… y al final uno se siente decepcionado,  ya que se han creado falsas expectativas por parte del escritor y del editor que no llegan a cumplirse.

Otra cosa hubiese sido que la historia, aunque apenas tratase del susodicho transatlántico, tuviese una gran trama y enganchase. El lector también se hubiese sentido decepcionado, pero por lo menos, como suele decirse, hubiesen salvado los muebles. Sin embargo no es el caso. Esto es un best seller cuyo mayor mérito es la campaña de marketing que en su día le acompañaría, o esto es lo que me imagino pues otra explicación no encuentro dada la pésima calidad del argumento y de su técnica literaria (si la tuviese, porque para mí llenar de diálogos un texto no es novela, será teatro o qué sé yo).

Además, buceando por internet, me topo con que alguien, en un momento de delirio, adaptó el libro para hacer una película, con un presupuesto que rondó los 40 millones de dólares de los de antes, allá por 1.980… que ahora es una cantidad considerable de dinero, pero hace más de treinta años era una pasta gansa, lo que viene siendo una superproducción. Para que os hagáis una idea, Gran Torino, del inigualable Clint Eastwood contó veintiocho años después, con 33 millones de presupuesto, recaudando 269 millones. ¿Qué pasó con la adaptación cinematográfica de Rescaten el Titanic? Pues lo que dicta el sentido común: fracaso total y durante años ejemplo de cómo tirar el dinero por el retrete. Es que 40 millones equivalen a muchos espectadores…

Eso sí, el autor de la novela, un tal Clive Cussler, tiene mucho mérito, al César lo que es del César, porque hacer de esta historia de calidad dudosa un best seller y además vender los derechos cinematográficos a Hollywood, con los previsibles rendimientos económicos, es de campeones.

Titanic

En cuanto al libro, decía que el rollo no va del Titanic, sino que es una de espías, americanos contra rusos y viceversa, que es lo que se llevaba en los ochenta, pero con todos los estereotipos que uno se pueda imaginar: políticos patriotas que se sacrifican para salvaguardar la seguridad del país, anónimos espías asesinados, un presidente de los USA íntegro y preocupado que asume con orgullo la carga que supone dirigir el mejor y más importante país del mundo (cuando leo estas historias me pregunto qué sería de nosotros sin los yanquees), tampoco podía faltar una especie de James Bond que acaba con todos los rusos que se le ponen por delante pero que además es científico y pilota aviones y submarinos (¡¡toma!! me voy a pasar por la DGT a ver si con mi carnet de ciclomotor puedo yo también), sabe desenvolverse en parajes inhóspitos a no sé cuántos grados bajo cero y además ha tenido tiempo de ser un experto del Titanic conociendo todos los pormenores sobre el hundimiento… Total, que a uno le entra un complejo… es que un servidor solo tiene un blog, un trabajito mileurista de ocho horas y casi no le da la vida entre ir a la oficina, leer, escribir post, prepararse la comida, hacer la colada, limpiar, planchar… en cambio estos espías americanos saben hacer de todo y además, perfecto. ¡Qué envidia!

Encima el autor mete con calzador, de una manera nada creíble,  una serie de problemas maritales entre uno de los protagonistas y su mujer, que por cierto, puestos a criticar a los personajes, la imagen de esposa de consejero del presidente de los EEUU no sale muy bien parada: pusilánime, caprichosa por querer ser madre (es que es para flipar a colores, a quién se le ocurre querer tener un hijo cuando está en jaque la seguridad nacional), ligera de cascos que lo mismo le da estar con su marido que liarse con el presidente mancillando la Casa Blanca, le pega a las pastillas y me acabo de enterar que para Clive Cussler, una mujer a los treinta y uno ha entrado en el declive de su vida. Lo que me faltaba por leer.

Y como todo best seller tenemos diálogo, diálogo, alguna previsible descripción con adjetivos también previsibles y más diálogo.  Nada original y lleno de arquetipos sacados de telefilmes cutres, que supongo que será lo que funciona en los USA, pero fuera… como que no.

Uno está expectante pasando hojas a ver cuándo empiezan a describir el hundimiento del Titanic o algo que tenga que ver con el histórico barco… y se encuentra con que en realidad la historia va de un submarino con la última tecnología, que por supuesto solo lo tienen los americanos, que es capaz de sumergirse ni sé a qué profundidad, para conseguir reflotar el Titanic que se encuentra sumergido a una barbaridad de millas, que si lo pasásemos a kilómetros serían un puñau. Para que quede coherente explica con un montón de tecnicismos, que dentro de mi ignorancia no me queda más remedio que creer, todos los detalles de tamaña hazaña.

Como los lectores somos muy listos, nos preguntamos: ¿por qué? ¿Qué beneficio obtiene la humanidad reflotando ese buque agotando los recursos económicos del país más grande y maravilloso de la vía láctea? Pues ahí es donde nos equivocamos. No hay beneficio para la humanidad, solo para los EEUU, porque en las bodegas del Titanic descansa un cargamento de bizanio, un extraño y exiguo mineral que permitirá crear un invisible muro, a modo de escudo, que impedirá que otras potencias, es decir los rusos, ataquen con sus misiles territorio americano. La repanocha.

A mí lo que me molesta es que encima somos los de Bilbao los que tenemos fama de fanfarrones. A ver si el tipo este en vez de Cussler, se va a apellidar Cusslergoitiaberria o algo así…

Bueno, quedáis avisados, y por supuesto, no tenéis que compartir mis opiniones, para gustos los colores. Y si queréis polémica, tenéis la manera de contactar conmigo y escribir que Rescaten el Titanic es una obra maestra o algo así… que para eso están los blogs y las redes sociales, para entablar conversaciones y aprender los unos de los otros. Pero no me vais a convencer, para mí leer Rescaten el Titanic es una pérdida de tiempo.

Merienda para la lectura: Hamburguesa yanquee con muchas grasas saturadas.

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Con el agua al cuello – Petros Márkaris

Novela negra + Sarcasmo + Crisis = Con el agua al cuello, una novela amena, divertida, que invita a pensar con una sonrisa en los labios (aunque la coyuntura actual no tiene ninguna gracia).

Ya que tenemos el dudoso honor de pertenecer junto a Grecia al ignominioso colectivo con el acrónimo peyorativo inglés PIIGS (Portugal, Italia, Irlanda, Grecia y España), que los británicos con su ¿humor? también británico apuntan sin ningún pudor ni vergüenza a la palabra pig, que todos traducimos gracias a nuestro altísimo nivel de inglés como cerdo, me apetecía leer a Petros Márkaris, dramaturgo griego cuyas últimas novelas policíacas giran en la Grecia contemporánea de recortes, manifestaciones, protestas y resaca financiera que no hay espidifen que solucione.

Con el agua al cuello

Cada lector, mira con ojos diferentes cada novela. Habrá para quien Con el agua al cuello sea una novela de intriga, o de género negro, o una de policías con asesinatos incluidos. Sin embargo para mí, se trata de una novela protesta, llena de ironía, que me ha provocado la carcajada limpia y unos muy buenos momentos (a pesar de que la situación no invita a la risa, pero dicen que es saludable el humor y a falta de dinero, he apostado por cuidar mi salud). Es mi primera novela de Petros Márkaris, y no será la última.

Por ejemplo, nada más comenzar la investigación, nuestro protagonista, Kostas Jaritos, policía de mal genio y observador nato de la sociedad, intenta reunirse con el director del Banco Central para investigar sobre la víctima, por supuesto, otro banquero (a mí que últimamente en la ficción se carguen a banqueros… como que me deja más que satisfecho).  El caso es que Jaritos llega tarde porque tiene que cruzar la ciudad, sorteando primero una manifestación en contra de los recortes de los jubilados, y después otra de los sindicatos en protesta de las medidas de austeridad (eufemismo que viene a significar recortes). Cuando llega por fin al banco, se produce el siguiente diálogo que transcribo:

Me recibe una secretaria cincuentona, vestida impecablemente pero fría y manifiestamente irritada.

–Llega tarde, señor comisario.

–Lo sé, y le pido disculpas, pero la ciudad entera está paralizada por las protestas y las  manifestaciones.

–Ah, ¿es que hay manifestaciones? No me había enterado –dice la mujer y me doy cuenta de que acabo de entrar en otro mundo.

Y es que blanco y en botella…

El caso es que según iba leyendo el libro, el asesino cada vez me iba cayendo mejor, pues sus víctimas forman parte del colectivo de responsables del declive del país (lo mismo me da llamarlo Grecia, que España). Al final acabé preocupándome, ya que me identificaba con quien se supone es el malvado de la novela, al ver cómo sus víctimas son banqueros, consultores de compañías de capital de riesgo o empresarios del gremio del cobrador del frac.

Que nadie espere averiguar quién es el asesino en la última página, pues más o menos desde el principio uno intuye quién puede ser el malo, que resulta no ser tan ruin y cuyas acciones pueden no ser legales, ni éticas, pero sí comprensibles para el noventa por ciento de la sociedad. Sin embargo la novela no pierde fuelle, y las argumentaciones del asesino tienen su punto, que si bien pueden caer en el populismo, no por ello carece de razón.

La literatura que nos ofrece Petros Márkaris es fácil, porque prevalece el contenido al continente. Estamos ante una sátira de nuestra sociedad y detenerse en párrafos con descripciones elocuentes está de más.

Por cierto, que el modus operandi de los asesinatos tiene su cosa: en un mundo moderno en el que vivimos, que hasta el más pintado tiene whatsapp (mira por donde yo de momento continúo con mi teléfono móvil que solo hace llamar y enviar mensajes. Reconozco que soy raro, raro, raro), donde se planifican guerras desde despachos atiborrados de tecnología y solo hace falta un botón (ni tan siquiera el teléfono rojo de antaño) para enviar un misil a miles de kilómetros… Petros Márkaris escoge el olvidado método de la decapitación, espada en mano, como acción mortífera de lo más efectiva, haciendo que se pregunte Jaritos si no había un veneno o procedimiento más contemporáneo para despachar a nadie.

En una Grecia en crisis, con las jubilaciones congeladas, sin trabajo ni expectativas de que lo haya, la juventud sin futuro, los funcionarios y empleados por cuenta ajena ahogados por los impuestos y la sociedad endeudada hasta las cejas, la lista de sospechosos que quieran liquidar banqueros es pelín larga. Por si esto fuera poco, tiene que compartir el caso con los de Antiterrorismo, con un tira y afloja entre departamentos policiales, y no sabe por dónde coger el caso. Mientras da tumbos buscando pistas imposibles que le ayuden a resolver los crímenes, parodia la situación socioeconómica apoyándose en varios personajes secundarios.

Afortunadamente Petros Márkaris nos propone también una serie de soluciones, unas píldoras de esperanza. Por ejemplo que esos países PIIGS se asocien y hagan un frente común, hasta el punto de que su yerno le sugiere comprarse un seat Ibiza, porque es un coche español, es decir, de otro país pobre y rescatado, y entre pobres, hay que ser solidario.

Nos propone también como alternativa vivir una vida simple, bajo la premisa de que no es más feliz quien más tiene sino quien menos necesita, realizando compras responsables, tirando de las ofertas en el supermercado, ayudándose entre la familia. No me parece mala idea, es más, es una teoría que hacía tiempo había aplicado en mi vida cotidiana, lo malo es que ahora necesitamos mucho para pagar los diezmos gubernamentales, por lo que la vida sencilla viene de serie, y encima, hace poco me he enterado de que Robin Hood es un personaje de ficción (un trauma que lo trataré con medicación).

Curiosa también la actitud y forma de ser de Jaritos, porque para ser un policía que investiga asesinatos, no es un borracho, ni busca la compañía de mujeres fáciles, no dice tacos, ni le da a las drogas, ni a nada a lo que habitualmente le dan los policías de novela negra. O sea, un virtuoso como mandan los cánones. Y eso que en este caso estaría justificado, porque aguantar a su señora Adrianí tiene su mérito. La mujer ha venido a este mundo para hacer la vida imposible al pobre Jaritos, y todo hay que decirlo, se le da francamente bien. Adrianí acaba lanzando frases lapidarias, premisas de peso filosófico de andar por la calle, que a pesar de su formulación tosca, entrañan verdades como puños. Forman un tándem equilibrado, donde choca la racionalidad de uno y la pasión de la otra.

Por supuesto no olvida la crítica al ciudadano medio, sobre todo al principio cuando describe el derroche en la boda de su hija, que le lleva a comprarse ropa cara, coche nuevo, un banquete excesivo… Es decir, que tenemos nuestra dosis de responsabilidad por vivir por encima de nuestras posibilidades, aunque contra quien realmente carga es contra los bancos. Les da cizaña de la buena.

Y ahí no acaba la trama, pues parece que es compatible el matar banqueros con pegar carteles subversivos animando a no pagar las deudas de los bancos, ni hipotecas, ni tarjetas de crédito, ni nada de nada (esta parte mola). Así que nuestro Jaritos, además de ser un funcionario al que se le recorta el sueldo como al resto de funcionarios griegos, no le queda más remedio que comportarse como un profesional e investigar los asesinatos y llamadas a la subversión, con su parafernalia correspondiente.

Me llama la atención también la inexistente solidaridad entre banqueros y tipos del gremio, que permanecen impasibles cuando asesinan a sus colegas, pero inmediatamente se movilizan ante el llamamiento de insumisión hipotecaria, chantajeando a la población con no conceder más préstamos. No tengo yo tan claro que estemos exclusivamente ante una historia de ficción…

En fin, sólo puedo decir que en mi humilde (cada vez más gracias a los recortes) opinión, Petros Márkaris es un crack, un eficiente descriptor del mundo actual, que a través de una prosa fácil y directa, nos desgrana nuestro día a día y encima, lo que tiene un mérito impresionante dadas las circunstancias, nos regala en cada capítulo una sonrisa repleta de ironía y sarcasmo.

Merienda para la lectura: ensalada griega con aceitunas y queso feta. Comida saludable y sobre todo barata… ¡¡¡que estamos en crisis!!!

Si habéis leído a este autor, ¿qué os parece Petros Márkaris y su propuesta literaria? No te cortes y opina, que de momento, no han creado un impuesto contra el libre pensamiento.