Archivos Mensuales: septiembre 2013

Nuestros héroes de ficción

El otro día, a cuenta de la crisis, en un programa de televisión dedicado al molesto arte del grito, escuché a un tipo (lo siento, pero no recuerdo su nombre) algo así como que nuestra sociedad necesitaba héroes. Al instante pensé en todos los héroes de ficción que habían jalonado mi vida y los comparé con los iconos publicitarios de ahora…. Paupérrimo creo que es la palabra más elegante que se me ocurre.

Si a esto le unimos la reciente novela de Mario Vargas Llosa, El héroe discreto, que todavía no he leído, pero que según el propio autor representa un homenaje a los héroes anónimos, no quedaba otra que escribir un post al respecto.

El caso es que el problema vino cuando repasé mentalmente a quienes consideraba héroes más o menos famosos de carne y hueso, personas humanas como diría aquél, y en la lista que se me ocurrió, descubrí que todos mis héroes formaban ya parte del pasado (me ahorro la lista no vaya a ser que alguno/a se sienta ofendido). Se conoce que me ha tocado vivir un periodo mediocre. Total, que viendo que a nuestro alrededor no hay muchos héroes que digamos y para encontrar uno me tengo que ceñir a los libros leídos, me ha dado por reflexionar: ¿Qué cualidades tienen los héroes literarios con los que me he encontrado en mis lecturas?

Si pretendemos que el protagonista de nuestra historia de ficción sea un ejemplo a seguir, idolatrado desde nuestra cómoda posición de lector, éste debe cumplir una serie de requisitos:

  • Carácter: Nuestro héroe o heroína, transmitirá una personalidad definida, sin ambigüedades. No importa que el lector esté o no conforme con su forma de ser. El objetivo es que sean creíbles las decisiones que nuestro héroe va tomando durante la historia. No se trata de ser previsible, sino de que para cada decisión, existe una justificación o motivo.
  • Valores: Nuestro héroe tiene que tener unos ideales, ir en cierto modo contracorriente, seguro de estar haciendo las cosas bien, dejando esa sensación de actuar correctamente, convirtiéndose en un modelo para el resto de nuestra sociedad. Actuar acorde a unos principios conllevará irremediablemente pagar un alto precio (el desprecio de los débiles, caer en desgracia, ser odiado por el poderoso…).
  • Actúa contra su propio interés: Si anhelas ser un héroe, es imprescindible cierto sacrificio por tus ideales, pues siempre hay fuerzas externas y oscuras como el malo de la película, el mafioso de turno o el político corrupto que intentarán impedir que el bien prevalezca. El ignominioso mirará a otro lado, ajeno a las implícitas consecuencias, por otro lado nefastas para algún colectivo débil. Sin embargo, nuestro héroe no se dejará amedrentar y luchará contra la injusticia, aún sabiendo que quien acabará pagando un cuantioso tributo sea él mismo.
  • Bondad: Nunca se sabe quién puede llegar a ser un héroe. Incluso el más insignificante de los ciudadanos puede realizar actos heroicos, lo que es más importante: la heroicidad va unida a la bondad y al altruismo exacerbado. Supongo que gracias a esta característica millones de novelas han tenido éxito a lo largo de la historia.
  • Un buen héroe tiene un antagonista ruin y peligroso: Tiene que haber un malo, una injusticia, algo que combatir y que merezca la pena el previsible sacrificio, aunque le vaya la vida en ello.
  • Dispone de una cualidad que le hace único: es un virtuoso de alguna disciplina, que si bien no es destacable para la vida cotidiana, se convierte en una pieza fundamental de la trama.
  • Rebelde: En el fondo se trata de una cualidad implícita en las anteriores, pero que considero dispone de entidad propia, pues es precisamente este ingrediente de rebeldía el que lleva al héroe a actuar.

No confundir héroe con protagonista, pues el personaje de una novela no tiene porqué ser un tipo digno de admiración, siendo algunos auténticos seres despreciables. Sin embargo, en determinados géneros como por ejemplo la novela negra, lo usual es que el protagonista, con un oscuro pasado al bode de la ley, tenga algún rasgo diferenciador que le convierta en héroe anónimo.

Cuando repasamos el pasado, examinamos con lupa los héroes que convivieron en las diferentes épocas. Ya que últimamente me ha dado por reflexionar (creo que se debe al extraño proceso de la madurez), no dejo de preguntarme qué tipo de héroes encontrarán las futuras generaciones cuando estudien nuestro tiempo. Me quedo con el consuelo de que recurrirán al panadero que acude a su trabajo en las noches frías y solitarias, o tal vez con el administrativo parapetado tras su escritorio preguntándose si al final de mes conseguirá cobrar, o la viuda con una pensión miserable que aún así saca adelante a hijos y nietos… pero sobre todo, confío en que el sentido común evitará que generaciones futuras escojan como arquetipo de héroe del siglo veintiuno a Lady Gaga, Mourinho o Berlusconi.

¿Qué cualidades hechas en falta para describir al héroe literario perfecto?

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El mundo de Sofía – Jostein Gaarder

O de cómo existe el mundo de las ideas.

Advierto desde el principio que esta reseña va a ser un tanto diferente, más bien trata de una reflexión, un tanto insurgente a la vez que descafeinada, puesto que va de preguntas cuya respuesta no tengo.

Comenzaré admitiendo que me genera envidia sana la gente como Jostein Gaarder, capaz de sintetizar en pocas palabras sus pensamientos, divulgadores natos que disfrutan inculcando sus conocimientos. En un tiempo en el que la Filosofía– el arte de pensar, amor por la sabiduría, el conocer por conocer- ha dejado de tener importancia, relegando nuestros credos exclusivamente a la economía, en un mundo donde vales lo que tienes, formando parte de una sociedad que camina tan rápido que nos impide detenernos a pensar… de repente, ante tanto caos, aparecen tipos que nos ayudan a tomar conciencia de quiénes somos, con pequeñas píldoras de cordura en forma de letra impresa.

El Mundo de Sofia

El mundo de Sofía es otro de los libros que cada cierto tiempo releo, más que nada porque es un libro puramente divulgativo, que se apoya en los recursos novelísticos y en la ficción para transmitir conocimientos filosóficos, lo que hace que sus relecturas sean más interesantes si cabe, pues con cada repaso uno va afianzando nuevas  ideas (a mí la cabeza no me da para tanto dato filosófico de una vez).

El libro va describiendo la historia del pensamiento a través de una niña llamada Sofía, ayudándonos a los que hace tiempo que dejamos los estudios a recordar a los viejos filósofos y en mi caso, a reflexionar sobre el dinamismo del pensamiento, el cómo se veía hace siglos el mundo y cómo lo vemos ahora.

Sofía llega un día a casa y se encuentra con una carta con dos preguntas: ¿Quién eres? ¿De dónde viene el mundo? Este inicio sirve como hilo conductor para realizar nuevas preguntas que llevan a la divulgación del pensamiento antiguo.

El motivo por el que reseño este libro es precisamente reflexionar sobre la capacidad que tenemos los humanos de pensar, de tomar conciencia de lo que sucede a nuestro alrededor. Estamos viviendo un momento realmente complicado, la crisis nos ha afectado a todos de una manera u otra, pero desde mi punto de vista, este hecho no es lo peor. Lo que nos debería preocupar como ciudadanos, es el papel ridículo que nuestros políticos están protagonizando en esta tragicomedia y cómo lo estamos permitiendo. Igual es que al resto (y me incluyo) se nos ha olvidado pensar

Acabamos de presenciar el bochorno espantoso que nuestros dirigentes han representado con la candidatura de Madrid a los Juegos Olímpicos, con cierta hilaridad, a pesar de que en el fondo maldita la gracia que nos hace la imagen y la famosa marca Spain que están repartiendo por el mundo entero a nuestra costa. Y a la plebe no nos queda otra que aguantarlo, estoicamente, porque el día que salgamos a la calle de verdad, defendiendo nuestros derechos y pase alguna desgracia, saldrá alguno diciendo que no son formas de protestar… olvidando en un santiamén las protestas pacíficas que durante todo este tiempo estamos realizando.

El caso es que nos limitamos a observar cómo están hundiendo nuestro futuro esta clase política (incluyo a la totalidad de partidos políticos) como si la cosa no fuese con nosotros. Y yo me pregunto, como esa niña llamada Sofía que se cuestiona todo lo que sucede a su alrededor: ¿dónde hemos dejado nuestra capacidad de raciocinio? ¿Acaso como ciudadanos de a pie, infantería de primera línea hasta arriba de barro, no nos cuestionamos cómo salir de esta situación? ¿Pero es que nadie tiene la fuerza necesaria para tirar del carro?

Pues al parecer no. Con tanta reforma educativa donde ciertas asignaturas “de letras” han dejado de tener importancia (incluyo por supuesto la asignatura de Filosofía), nos han eliminado la creatividad y el libre pensamiento, que por el mero hecho de ser libre, es también dinámico y diverso, enriquecido y original, lo que puede dar lugar a nuevas ideas fuera de ese pensamiento único y dirigido que ayudasen a salir de esta traumática situación. El objetivo debería ser tener algo de criterio, mecanismos de defensa ante lo inesperado, y esto último sólo se consigue si se entrena y se enseña el denostado ejercicio de pensar. De ahí que esa asignatura de Filosofía pudiera tener cierta relevancia. Cuestión de opiniones.

Y es aquí donde vuelvo a El mundo de Sofía, como una especie de introducción a la historia del pensamiento, de manera novelada, entretenida, que puede servir a cualquier adolescente y adulto como iniciación al discernimiento, actividad que por lo que parece, y a los hechos me remito, ha sido olvidada por nuestra sociedad.

Divulgación pura y dura, que una vez asimilada, nos puede servir, o no, como pistoletazo de salida para cuestionarnos otros aspectos terrenales del presente como: ¿por qué tengo yo que aguantar a estos políticos?, ¿por qué tenemos que rescatar a los bancos y no las pensiones de nuestros mayores,? ¿estamos ante una verdadera democracia?, ¿de verdad que Bárcenas actuaba solo?, ¿habrá algún partido político libre de sospechas y que no se haya financiado irregularmente? Y tantas otras preguntas que se nos irán ocurriendo… o que no me atrevo a realizar. Y por supuesto, la mejor de todas… ¿alguien sabe cómo podemos salir de esta crisis de manera digna sin que tantos colectivos desfavorecidos se queden por el camino?

No son preguntas meramente filosóficas, pero se trata de preguntas al fin y al cabo, aunque lo mejor de cuestionar es obtener respuestas acertadas, pero claro, el discernimiento se aprende con práctica, y para esto está esa disciplina que apenas se estudia y que dicen no sirve de nada que es la Filosofía. Y ahora que está en extinción en los futuros planes educativos, pienso que un libro como El mundo de Sofía se hace imprescindible en nuestras bibliotecas.

Se trata de leer y aprender a comprender, no de memorizar el argumentario de otros. Sofía significa algo así como “la que posee sabiduría”. En mi caso, un recurso para conseguir un ápice de sabiduría es la lectura, así que os dejo con la propia Sofía y con preguntas transcendentales tipo quién soy,  de dónde vengo y a dónde voy con la que está cayendo (parecidas preguntas se hacían nuestros amigos de Siniestro Total), en compañía de Platón, Aristóteles, Tales de Miletoy en definitiva con el mundo de las ideas.

Merienda para la lectura: pastel de almendras y frambuesas, que en algún sitio he leído que son buenas para la memoria.

Os invito también a leer cualquier entrevista de Jostein Gaarder que encontraréis por internet, y descubriréis que su autor es también un tipo cuya existencia está basada en múltiples preguntas que invitan a reflexionar.

Ahora te toca a ti… ¿se te ocurre alguna pregunta?, ¿has leído El mundo de Sofía? O mejor… ¿difieres de mis reflexiones? Precisamente para eso estaba el parlamento griego, para argumentar… Espero tus aportaciones.

El Club Dumas – Arturo Pérez-Reverte

 A fin de cuentas Dumas, hoy en día…

Frase de El Club Dumas que resume lo que en un tiempo, a mi parecer, ocurría con determinados autores incluidos dentro de una especie de colectivo de literatura de aventuras, de lectura “fácil”, con tramas donde primaba el ingenio y por ello, relegados a una especie de categoría cultural poco seria, como para adolescentes, en definitiva, literatura obsoleta de la que apenas se libraban Los tres mosqueteros y El Conde de Montecristo.

Tal vez sea éste el motivo por el que me gusta este libro que cada cierto tiempo releo. Reconozco que no es el mejor libro que he leído, que a veces las descripciones son repetitivas, y puestos a criticar (de forma constructiva), las pegas a expensas de los gustos de cada uno pueden ser innumerables. Pero tiene una gran virtud: trata de una historia que apetece leer, atractiva para todos aquellos que hemos crecido al calor de las páginas de Dumas, Sabatini, Verne (que en el libro no sale muy bien parado), Salgariy que hicimos de la capa y espada parte de nuestra adolescencia. Aún hoy, con mis treinta y tantos largos años que se acercan a la cuarentena, releo este tipo de aventuras que alimentan mi imaginación como antídoto a la depresión colectiva  a la que nos lleva este mundo de crisis de valores.

Es un libro que habla de libros, pero lo que me gusta, es que no habla sólo del estilismo y de la forma en la que están escritos. Más bien habla de los personajes, de lo que representan para el lector, sobre todo de esos mosqueteros que todos hemos querido ser en un momento dado, y de tantos otros protagonistas literarios: Holmes, Scaramouche, El capitán Blood, El corsario negro

Como aliño, la biografía de su autor, Alejandro Dumas, padre, cuya vida fue de por sí una aventura constante, que a ratos poseía una fortuna inmensa como la ruina total, mujeriego, buen comedor y mejor bebedor, financiador de revoluciones, escritor… explicándonos el sistema de creación de historias que tenía con su principal colaborador Auguste Maquet junto con cierta recreación histórica de la época.

Tiene su punto, incluso diría yo que es un acierto entremezclar historias de capa y espada con las policíacas, tramas imposibles con personajes fuertes y con personalidad, que lo mismo une a D’Artagnan con Sherlock Holmes, porque al fin y al cabo subyace la razón de casi todas las novelas: el bien contra el mal, el bueno contra el malo, la justicia contra la avaricia

Cuando llegó a mis manos la novela, hace ya algún tiempo, yo no tendría veinte años, y venía de una educación literaria donde leía dos tipos de libros:

  • los que me habían obligado a leer en el colegio, literatura con un estilismo cuidado y recargado que en muchas ocasiones apenas contaban algo interesante, pero que los críticos literarios afirmaban que se trataba de libros imprescindibles.
  • Otros libros que escogía yo, donde primaba la aventura, cuyos personajes vivían percances inverosímiles y difíciles de creer pero entretenidos.

Al segundo grupo formaba parte la literatura de Alejandro Dumas, con comentarios un tanto despectivos, como si fuese una lectura menor, de puro entretenimiento… Pero llegó el tipo este, el tal Arturo Pérez-Reverte, publicó el libro, tuvo un gran éxito, y entonces aparecieron como setas las críticas benévolas, todo el mundo había leído a Alejandro Dumas, a todos les gustaba, y los expertos de entonces comenzaron a decir que Alejandro Dumas era un clásico, que sus novelas de aventuras perdurarían en el tiempo y, como por arte de magia, incrédulo por mi parte, veía cómo los que antes criticaban esa literatura “menor”, ahora la encumbraban e incluso la hacían imprescindible…

Yo no soy crítico literario, tan solo dispongo de un blog donde hablo de los libros que leo, escribo mis impresiones por si a otros les pueden ayudar, como lector de infantería que diría Arturo Pérez-Reverte, pero no siento cátedra ni digo que esto está bien y aquello mal. Sí que me mojo, y escribo lo que me gusta y lo que no, sin tener que coincidir con otros. Y a mí Alejandro Dumas siempre me ha gustado, he pagado por ver las adaptaciones cinematográficas de sus libros (en general muy malas, nefastas e incluso insultantes), he leído más de quince de sus novelas y sobre todo, ha evitado que me aburra con párrafos innecesarios, descripciones tediosas y personajes sin sal.

Volviendo a El Club Dumas, refleja también un oficio casi perdido: el del librero. Ya quedan pocos y muchos hemos sucumbido, o más bien nos han fusilado, frente a centros comerciales y librerías de grandes superficies. Es lo que hay. Tal vez por ello existan tantos blogs sobre literatura…

Si eres aficionado a las novelas de aventuras, de capa y espada y/o policíacas, este es un libro que seguro que te interesará.

Merienda para la lectura: confit de pato regado con vino de Burdeos.

Por cierto, aprovecho para recordar, que en realidad las aventuras de nuestros entrañables mosqueteros están formadas por una trilogía: Los tres mosqueteros, Veinte años después y El vizcode de Bragelonne.